Main Menu

jueves, 20 de septiembre de 2012

Luces halógenas

Foto: Irma Yáñez



Esa sensación de adormecimiento, aquella que te embarga minutos antes de entrar en el sueño plácido y profundo, era la que Santiago podía identificar acostado boca arriba mientras miraba fijamente los halógenos de luces blancas de la sala dónde se encontraba. A lo lejos se oían risas, gruñidos, más que gruñidos ruidos guturales, jerigonza, que poco a poco se iban desvaneciendo hasta casi transformarse en un silencio ensordecedor.

A partir de ese silencio, comenzaron los recuerdos…

Francisco

¡Cisco, deja de golpear a Toñico!. Ante ese grito que sentía lejano, no podía dejar de ver a Toñico como a un ser extraño en dónde depositaba toda su ira, su fastidio, o inclusive su manera de matar el tiempo. Sólo dejaba de golpearlo cuando sentía esas manos extrañas sobre sus manos, ese cuerpo que le ofrecía resistencia y lo apartaba de su entretenimiento. A veces con golpes, golpes que no le producían el más mínimo dolor sino más bien todo lo contrario. Placer, un placer extraño casi adictivo. A veces empujones, empujones que lejos de hacerle perder el equilibrio restablecían sus motivaciones. Después… después observaba a Toñico bañado en sangre, llorando. Una media sonrisa inconsciente se dibujaba en su rostro. Su entretenimiento había sido satisfactorio.

¡Mi Ipod!...


Got me a movie/ I want you to know/ Slicing up eyeballs/ I want you to know/ Girlie so groovy/ I want you to know/ Don't know about you/ But I am un chien Andalusia / Wanna grow up to be, be a debaser,

Santiago comenzaba a sentir su espalda húmeda y viscosa…

Trastornos de conducta

La verdad es que no se cuál es el desencadenante, pero si veo que comienza a ponerse ansioso cuando hay cambio de turno. A veces me da la sensación que yo por alguna razón no le gusto. Lástima que no hable. Es un caso difícil. Cómo me gustaría que fuera como otro de sus compañeros de sala, dónde el desencadenante es más evidente. Por ejemplo Luís, todos sabemos que cuando le cambiamos de lugar su peluche azul comienza a darse cabezazos contra el suelo, sólo deja de golpearse cuando se lo volvemos a poner en su sitio. Por cierto… ¿Dónde están mis tijeras?, hace horas que no las veo, las dejé encima de la mesa. Seguro se las llevó Antonio, siempre me hace lo mismo…

El enfermero de turno

A ver, pensaba Modesto en voz alta antes de comenzar su turno de guardia, Empezaré por éste blister, afirmó, Loli bien, Susana bien, Fernando le dieron su medicación a la hora de la comida, a Octavio le suministraron el ansiolítico… ¡Coño! No le dieron el neuroléptico a Francisco, ¡vaya putada! Modesto buscó entre los cajones de la farmacia la medicación y salió de prisa no sin antes marcar su código de seguridad en el panel digital junto a la puerta de enfermería. Corría por el pasillo, en esa ocasión se hizo más largo, sus piernas temblaban. Cuando se aproximaba a la puerta del pabellón de psiquiatría comenzó a oír chillidos, risas histéricas… vio sangre en la ventanilla de la puerta de entrada, sintió una corriente eléctrica que subía desde sus pies y se depositaba en la punta de su lengua, le saltaron las lágrimas. Sólo repetía casi hipnóticamente, ¡Vaya putada! ¡Vaya putada!... Buscó el interruptor de la alarma que se encontraba en otro panel digital al lado de la puerta de la entrada al pabellón… Santiago yacía boca arriba en el piso mirando fijamente las luces halógenas…

Conclusiones

Un inmenso charco de sangre… las tijeras ensangrentadas en las manos de Cisco… “Por su seguridad no introduzca objetos punzo penetrantes en la sala deAgudos”

Autor: Javier Velásquez

Read More

Fast story

Foto: Irma Yáñez





Ahora estoy escribiendo con la punta de los dedos en mi nuevo ordenador. Antes el proceso de mecanografiado tenía su encanto. Era un proceso artesanal. Cuadrar la hoja de papel, también cuadrar los márgenes, el sonido de las teclas… era mucho más analógico… digámoslo así ¿no?
Soy del 75. Ya no se usan las máquinas de escribir antiguas, sólo lo hacen los artistas conceptuales. Sin embargo las llegué a usar. Recuerdo que tenía una muy buena, era de color negro. Después, llegué a usar las eléctricas.
Esa relación bucólica que se recrea mucho en las películas, del escritor con su máquina de escribir, un whiskey y un cigarro al final de las 100 páginas escritas, es ahora todo un mito. No soy escritor, la verdad es, pero me gusta darle a las teclas. Para mi escribir 100 páginas me parece todo un reto. Sin embargo, creo haberlo hecho antes.  Aunque tengo que confesar que me gustan más los cuentos cortos… como por ejemplo, el cuento corto de aquel escritor, que decía que no era escritor, que sólo le gustaba darle a las teclas, que mecanografiaba en su nuevo ordenador, mientras reflexionaba sobre las antiguas máquinas de escribir y decía que era un reto escribir 100 páginas…

Javier Velásquez
Read More

Sobre la importancia de mantener un mínimo grado de conciencia


Foto: Irma Yáñez

Acabada la ceremonia de graduación, mientras sus compañeros bailaban la borrachera, a él se le ocurrió la idea de largarse a la playa en compañía de nadie para reflexionar sobre cada uno de los diversos valores que, en relación de mayor a menor, de menor a mayor, puede tener una cosa. Podrán entender que, como el termómetro que antes marcaba veinticinco y ahora marca veintiséis, él mismo acababa de obtener un grado. Se encontraba, por no decir menos, sumido en la reflexión pues pronto tendría que tomar una decisión. Deseaba conocer si podría disipar las dudas gracias a su propio grado de entendimiento, a la vez que empinaba una botella de ron con cuarenta grados de alcohol. Entonces, después del cuarto trago, subieron tanto los grados centígrados que aparentaban ser Farenheit. La experiencia de mal grado, de manera afortunada, duró sólo un par de segundos, los mismos que tarda la garganta en olvidar el mal gusto. Grado calórico. Grado energético. Grado de conciencia. Grado de conveniencia. Grado militar. Grado escolar. Están los trecientos sesenta grados en que se divide una circunferencia, y también el grado positivo, comparativo y superlativo de expresión de la intensidad de las cualidades de los adjetivos y adverbios. Juicios pendientes en grado de apelación. Grados de latitud y longitud son los encargados de limitar la nación. Dicen que hasta los test revelan de las personas su grado de inteligencia. Enzarzado como estaba en sus reflexiones filosofomatemáticas, el graduado de pronto cayó dormido sobre la arena mojada. Su última reflexión iba encarrilada hacia el grado de tranquilidad personal, pero los grados de alcohol en la sangre le extraviaron la conciencia. Vano filosofar. ¡Malditos grados!

Autor: Roy Reyes
Read More

miércoles, 19 de septiembre de 2012

El llanto de Irma y la teoría del elefante



Como de costumbre, de vez en cuando, de cuando en vez, sentada en una apartada banca, bajo la sombra de un esplendoroso árbol, oculta de miradas curiosas, Irma escurría sus lágrimas usando como pañuelo su propio dolor. 

Las hienas, bichas malas y envidiosas allá donde las haya, enseguida entraron al trapo, Aquí está de nuevo la malcriada esa. Con esas pintas. Con esas ropas… ¿Qué problemas puede tener una niña bien alimentada a la que no le falta de nada? ¡Miren, miren!, exclamaban las muy carroñeras señalando gestualmente hacia las jirafas ¡Si hasta su ropa interior ha de ser de marca! No es secreto para nadie que las de cuello alto, además de mordisquear acacias, se recrean rumiando sobre asuntos del corazón. Para ellas, Es una lástima que la pobre siempre regrese con el sentimiento roto. Es un ser tan hermoso que no merece sufrir así ¡Miserable el corazón del hombre causante de sus lágrimas!, ¡Pobre niña ahogada en amor no correspondido! Mientras que las hienas continuaban profiriendo veneno y las jirafas lamentaciones, los monos, que de monos poco, casi nada, ¡A esa nena lo que le pasa es que está caliente!, aseguraban, ¡Está llorando porque su macho nunca le ofrece lo que toda hembra desea! Entonces las teorías subieron de tono y el elefante se vio forzado a intervenir para zanjar de una vez el misterio de aquel llanto, y de paso, evitar así una denuncia segura de la oficina de censura. Fue así como, señalando con la trompa y una de las patas delanteras, el paquidermo sorprendió a sus compañeros de cautiverio mostrándoles una fila de veintiocho troncos meticulosamente dispuestos sobre la arena de su hábitat y no hubo necesidad de explicar nada.

Read More

Life Kills


Foto: Pier Infanti

Érase una vez un hombre que quería suicidarse. Sin embargo, temía hacerle daño a sus padres, así que decidió asesinarlos primero.

Autor: Milkor Acevedo
Read More

lunes, 17 de septiembre de 2012

Ángel

Foto: Irma Yáñez
Mientras Santiago encendía el quinto cigarro de la noche, encerrado en el baño del restaurante en donde trabajaba, mientras recordaba la fiesta de la noche anterior en la cual había visto a una mujer hermosa, cuyos ojos verdes habían despertado en él el deseo de volver a intentar regresar al “ruedo”: ese juego amoroso en dónde a veces se gana y otras veces se pierde, y en el que Santiago solía perder. Ese juego que motiva a todos los mortales, fue también el momento en que Santiago decidió no volver a creer.

En esos días tenía un aura de pesimismo increíble, fue el día en que dejó de ilusionarse. Ya no creía en nada, ni en nadie, ni en él, ni en nada. Perdía el tiempo estudiando para psicoterapeuta, perdía el tiempo leyendo todas esas historias maravillosas de ayudar a los otros a través de las “connotaciones positivas”, reconstruyendo historias, Santiago estaba irreconciliable con la vida. Fue cuando entonces irrumpió en el baño el encargado preguntando que porque tardaba tanto, pero la imagen de Santiago fumando y la cara que tenía respondieron a su pregunta, tenemos faena, deja de fumar tanto y ponte a trabajar.   Santiago apagó el cigarrillo inmediatamente y salió del baño con cara de haberse fumado un cigarro encerrado en un baño, esa cara nicotinélica ojerosa y seca, pero más que eso Santiago tenía en la cara el dolor de haber perdido las ilusiones, se expresaba en ella un lúgubre hedor a muerte, a luto, pero estaba trabajando.

Gracias a Dios estaba trabajando... Durante la noche derramo un café sobre la chaqueta de una señora, que por lo visto era muy cara, ni siquiera la intención de Santiago de reponer el daño invitándole una bebida apaciguaron la rabia de la señora, la señora había sufrido también una pérdida, una chaqueta cara, que más que eso, representaba status, poder, dinero, superioridad, el costo de la lavandería fue cobrado a Santiago. Santiago sencillamente lo pagó, no se quejó. En esos días iba por inercia a través de la vida, si le iba bien, bien, si le iba mal, bien también. Recordemos que Santiago ya no creía y considerando eso, no hay nada más invulnerable que una persona que no cree, aunque parezca lo contrario. “El no creer” que poco a poco invadía a Santiago lo iba fortaleciendo hasta que se convirtió en un verdadero hijo de puta.

Fue entonces cuando Santiago decidió ser verdaderamente malo, eso requería un esfuerzo sobrehumano para un alma tan noble como la de él. Pero para ser malo tenía que empezar por hacerse daño a él mismo, así que cuando terminó de trabajar, se dirigió a su casa, se encerró en su habitación con un cuchillo que había cogido de la cocina, se lo enterró en las venas y se dejó desangrar durante dos horas, pero para sorpresa de él no murió… Se peleó con su ángel de la guarda, que por cierto era muy grande, de ojos claros, sin alas, tenía el pelo largo y para sorpresa de él de angelical no tenía nada.

El enfrentamiento fue dantesco y grotesco, Santiago le partió la nariz en cuatro pedazos, pero el ángel a cambio de un golpe le cerró las venas evitando que se desangrara. Santiago le quebró un brazo, el ángel a cambio le repuso la sangre perdida a través de una fuerte mordida en el cuello, así como doloroso era tener la nariz partida para el ángel, más doloroso aún era el restablecimiento de las heridas para Santiago. Cuando se encontraba más cerca de la vida se iba en vómito, y cuando el ángel de la guarda estaba cerca de la muerte, también vomitaba.

Llegó un momento en la pelea en que los dos estaban cansados, uno al borde de la muerte y el otro al borde de la vida, los dos extremos eran igualmente agobiantes.

Al día siguiente Santiago se fue a trabajar, en la noche apagó el cigarrillo en el baño después de que el encargado le pidió que saliera a trabajar, manchó la chaqueta de otra señora, que igualmente había sufrido una pérdida.

Autor: Javier Velázquez

Read More