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| Foto: Irma Yáñez |
Acabada
la ceremonia de graduación, mientras sus compañeros bailaban la
borrachera, a él se le ocurrió la idea de largarse a la playa en
compañía de nadie para reflexionar sobre cada uno de los diversos
valores que, en relación de mayor a menor, de menor a mayor, puede
tener una cosa. Podrán entender que, como el termómetro que antes
marcaba veinticinco y ahora marca veintiséis, él mismo acababa de
obtener un grado. Se encontraba, por no decir menos, sumido en la
reflexión pues pronto tendría que tomar una decisión. Deseaba
conocer si podría disipar las dudas gracias a su propio grado de
entendimiento, a la vez que empinaba una botella de ron con cuarenta
grados de alcohol. Entonces, después del cuarto trago, subieron
tanto los grados centígrados que aparentaban ser Farenheit. La
experiencia de mal grado, de manera afortunada, duró sólo un par de
segundos, los mismos que tarda la garganta en olvidar el mal gusto.
Grado calórico. Grado energético. Grado de conciencia. Grado de
conveniencia. Grado militar. Grado escolar. Están los trecientos
sesenta grados en que se divide una circunferencia, y también el
grado positivo, comparativo y superlativo de expresión de la
intensidad de las cualidades de los adjetivos y adverbios. Juicios
pendientes en grado de apelación. Grados de latitud y longitud son
los encargados de limitar la nación. Dicen que hasta los test
revelan de las personas su grado de inteligencia. Enzarzado como
estaba en sus reflexiones filosofomatemáticas, el graduado de pronto
cayó dormido sobre la arena mojada. Su última reflexión iba
encarrilada hacia el grado de tranquilidad personal, pero los grados
de alcohol en la sangre le extraviaron la conciencia. Vano filosofar.
¡Malditos grados!
Autor:
Roy Reyes




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