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jueves, 20 de septiembre de 2012

Sobre la importancia de mantener un mínimo grado de conciencia


Foto: Irma Yáñez

Acabada la ceremonia de graduación, mientras sus compañeros bailaban la borrachera, a él se le ocurrió la idea de largarse a la playa en compañía de nadie para reflexionar sobre cada uno de los diversos valores que, en relación de mayor a menor, de menor a mayor, puede tener una cosa. Podrán entender que, como el termómetro que antes marcaba veinticinco y ahora marca veintiséis, él mismo acababa de obtener un grado. Se encontraba, por no decir menos, sumido en la reflexión pues pronto tendría que tomar una decisión. Deseaba conocer si podría disipar las dudas gracias a su propio grado de entendimiento, a la vez que empinaba una botella de ron con cuarenta grados de alcohol. Entonces, después del cuarto trago, subieron tanto los grados centígrados que aparentaban ser Farenheit. La experiencia de mal grado, de manera afortunada, duró sólo un par de segundos, los mismos que tarda la garganta en olvidar el mal gusto. Grado calórico. Grado energético. Grado de conciencia. Grado de conveniencia. Grado militar. Grado escolar. Están los trecientos sesenta grados en que se divide una circunferencia, y también el grado positivo, comparativo y superlativo de expresión de la intensidad de las cualidades de los adjetivos y adverbios. Juicios pendientes en grado de apelación. Grados de latitud y longitud son los encargados de limitar la nación. Dicen que hasta los test revelan de las personas su grado de inteligencia. Enzarzado como estaba en sus reflexiones filosofomatemáticas, el graduado de pronto cayó dormido sobre la arena mojada. Su última reflexión iba encarrilada hacia el grado de tranquilidad personal, pero los grados de alcohol en la sangre le extraviaron la conciencia. Vano filosofar. ¡Malditos grados!

Autor: Roy Reyes

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