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lunes, 17 de septiembre de 2012

Ángel

Foto: Irma Yáñez
Mientras Santiago encendía el quinto cigarro de la noche, encerrado en el baño del restaurante en donde trabajaba, mientras recordaba la fiesta de la noche anterior en la cual había visto a una mujer hermosa, cuyos ojos verdes habían despertado en él el deseo de volver a intentar regresar al “ruedo”: ese juego amoroso en dónde a veces se gana y otras veces se pierde, y en el que Santiago solía perder. Ese juego que motiva a todos los mortales, fue también el momento en que Santiago decidió no volver a creer.

En esos días tenía un aura de pesimismo increíble, fue el día en que dejó de ilusionarse. Ya no creía en nada, ni en nadie, ni en él, ni en nada. Perdía el tiempo estudiando para psicoterapeuta, perdía el tiempo leyendo todas esas historias maravillosas de ayudar a los otros a través de las “connotaciones positivas”, reconstruyendo historias, Santiago estaba irreconciliable con la vida. Fue cuando entonces irrumpió en el baño el encargado preguntando que porque tardaba tanto, pero la imagen de Santiago fumando y la cara que tenía respondieron a su pregunta, tenemos faena, deja de fumar tanto y ponte a trabajar.   Santiago apagó el cigarrillo inmediatamente y salió del baño con cara de haberse fumado un cigarro encerrado en un baño, esa cara nicotinélica ojerosa y seca, pero más que eso Santiago tenía en la cara el dolor de haber perdido las ilusiones, se expresaba en ella un lúgubre hedor a muerte, a luto, pero estaba trabajando.

Gracias a Dios estaba trabajando... Durante la noche derramo un café sobre la chaqueta de una señora, que por lo visto era muy cara, ni siquiera la intención de Santiago de reponer el daño invitándole una bebida apaciguaron la rabia de la señora, la señora había sufrido también una pérdida, una chaqueta cara, que más que eso, representaba status, poder, dinero, superioridad, el costo de la lavandería fue cobrado a Santiago. Santiago sencillamente lo pagó, no se quejó. En esos días iba por inercia a través de la vida, si le iba bien, bien, si le iba mal, bien también. Recordemos que Santiago ya no creía y considerando eso, no hay nada más invulnerable que una persona que no cree, aunque parezca lo contrario. “El no creer” que poco a poco invadía a Santiago lo iba fortaleciendo hasta que se convirtió en un verdadero hijo de puta.

Fue entonces cuando Santiago decidió ser verdaderamente malo, eso requería un esfuerzo sobrehumano para un alma tan noble como la de él. Pero para ser malo tenía que empezar por hacerse daño a él mismo, así que cuando terminó de trabajar, se dirigió a su casa, se encerró en su habitación con un cuchillo que había cogido de la cocina, se lo enterró en las venas y se dejó desangrar durante dos horas, pero para sorpresa de él no murió… Se peleó con su ángel de la guarda, que por cierto era muy grande, de ojos claros, sin alas, tenía el pelo largo y para sorpresa de él de angelical no tenía nada.

El enfrentamiento fue dantesco y grotesco, Santiago le partió la nariz en cuatro pedazos, pero el ángel a cambio de un golpe le cerró las venas evitando que se desangrara. Santiago le quebró un brazo, el ángel a cambio le repuso la sangre perdida a través de una fuerte mordida en el cuello, así como doloroso era tener la nariz partida para el ángel, más doloroso aún era el restablecimiento de las heridas para Santiago. Cuando se encontraba más cerca de la vida se iba en vómito, y cuando el ángel de la guarda estaba cerca de la muerte, también vomitaba.

Llegó un momento en la pelea en que los dos estaban cansados, uno al borde de la muerte y el otro al borde de la vida, los dos extremos eran igualmente agobiantes.

Al día siguiente Santiago se fue a trabajar, en la noche apagó el cigarrillo en el baño después de que el encargado le pidió que saliera a trabajar, manchó la chaqueta de otra señora, que igualmente había sufrido una pérdida.

Autor: Javier Velázquez

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