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miércoles, 19 de septiembre de 2012

El llanto de Irma y la teoría del elefante



Como de costumbre, de vez en cuando, de cuando en vez, sentada en una apartada banca, bajo la sombra de un esplendoroso árbol, oculta de miradas curiosas, Irma escurría sus lágrimas usando como pañuelo su propio dolor. 

Las hienas, bichas malas y envidiosas allá donde las haya, enseguida entraron al trapo, Aquí está de nuevo la malcriada esa. Con esas pintas. Con esas ropas… ¿Qué problemas puede tener una niña bien alimentada a la que no le falta de nada? ¡Miren, miren!, exclamaban las muy carroñeras señalando gestualmente hacia las jirafas ¡Si hasta su ropa interior ha de ser de marca! No es secreto para nadie que las de cuello alto, además de mordisquear acacias, se recrean rumiando sobre asuntos del corazón. Para ellas, Es una lástima que la pobre siempre regrese con el sentimiento roto. Es un ser tan hermoso que no merece sufrir así ¡Miserable el corazón del hombre causante de sus lágrimas!, ¡Pobre niña ahogada en amor no correspondido! Mientras que las hienas continuaban profiriendo veneno y las jirafas lamentaciones, los monos, que de monos poco, casi nada, ¡A esa nena lo que le pasa es que está caliente!, aseguraban, ¡Está llorando porque su macho nunca le ofrece lo que toda hembra desea! Entonces las teorías subieron de tono y el elefante se vio forzado a intervenir para zanjar de una vez el misterio de aquel llanto, y de paso, evitar así una denuncia segura de la oficina de censura. Fue así como, señalando con la trompa y una de las patas delanteras, el paquidermo sorprendió a sus compañeros de cautiverio mostrándoles una fila de veintiocho troncos meticulosamente dispuestos sobre la arena de su hábitat y no hubo necesidad de explicar nada.

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