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Como
de costumbre, de vez en cuando, de cuando en vez, sentada en una
apartada banca, bajo la sombra de un esplendoroso árbol, oculta de
miradas curiosas, Irma escurría sus lágrimas usando como pañuelo
su propio dolor.
Las hienas, bichas malas y envidiosas allá donde
las haya, enseguida entraron al trapo, Aquí está de nuevo la
malcriada esa. Con esas pintas. Con esas ropas… ¿Qué problemas
puede tener una niña bien alimentada a la que no le falta de nada?
¡Miren, miren!, exclamaban las muy carroñeras señalando
gestualmente hacia las jirafas ¡Si hasta su ropa interior ha de ser
de marca! No es secreto para nadie que las de cuello alto, además de
mordisquear acacias, se recrean rumiando sobre asuntos del corazón.
Para ellas, Es una lástima que la pobre siempre regrese con el
sentimiento roto. Es un ser tan hermoso que no merece sufrir así
¡Miserable el corazón del hombre causante de sus lágrimas!, ¡Pobre
niña ahogada en amor no correspondido! Mientras que las hienas
continuaban profiriendo veneno y las jirafas lamentaciones, los
monos, que de monos poco, casi nada, ¡A esa nena lo que le pasa es
que está caliente!, aseguraban, ¡Está llorando porque su macho
nunca le ofrece lo que toda hembra desea! Entonces las teorías
subieron de tono y el elefante se vio forzado a intervenir para
zanjar de una vez el misterio de aquel llanto, y de paso, evitar así
una denuncia segura de la oficina de censura. Fue así como,
señalando con la trompa y una de las patas delanteras, el paquidermo
sorprendió a sus compañeros de cautiverio mostrándoles una fila de
veintiocho troncos meticulosamente dispuestos sobre la arena de su
hábitat y no hubo necesidad de explicar nada.




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